Desde que tengo memoria, la música y el sonido siempre han impregnado mi vida. Nacida en Caen, aún recuerdo el universo sonoro de mi infancia pasada en la campiña normanda: entre los sonidos que me llegan de la naturaleza circundante; el clarinete de mi padre y los discos de jazz que escucha incansablemente; las voces de los cuentos que escucho en bucle gracias a una gran cinta magnética y la música barroca que mi tío enseña en la universidad. Mientras absorbo todos estos sonidos, sumergiéndome en mis mundos internos, escribo, dibujo, pinto, invento… Me alimento de este universo de sonidos y vibraciones, invisibles y sin embargo tan presentes.

Con el paso del tiempo, mi gusto por la música, el canto y el baile se afirma, lo que me lleva a explorar otros mundos sonoros: el piano clásico, la flauta, el jazz vocal, el jazz moderno, la batería… En la adolescencia, puedo reproducir cualquier melodía en el piano o en la flauta, memorizar fácilmente una línea melódica, escuchar ciclos rítmicos sin tener que contar mentalmente y percibir, en las profundidades del silencio, una información sutil que alimenta mi imaginación y mi creatividad desbordante. Mi madre, particularmente hábil con sus manos, me transmitió su sentido innato de la armonía, a través de su gusto por la pintura, la escultura, la decoración y la arquitectura. Mi agudeza auditiva y mi conciencia corporal se refinan, al mismo tiempo que comienzo a descubrirme una hipersensibilidad a las frecuencias vibratorias.

Después de los estudios clásicos, el camino artístico se impone como la única forma posible de liberar lo que siento dentro de mí: las Bellas Artes serán mi atanor. Guardo tiernamente en mi memoria aquellas palabras, un poco ingenuas, pronunciadas durante el examen de ingreso: “Quiero hacer cosas Bellas. Porque hacer cosas Bellas es hacer el Bien“. Este proyecto me parece lo más noble que hay. Cinco años más tarde, obtuve mi diploma y después de un primer año como maquetista en arquitectura en Mónaco, decidí volver al puerto y fundar una agencia de comunicación en Cherburgo, con el hombre que se convertiría en mi compañero de vida y el padre de mis hijos. Como Diseñadora gráfica y directora artística de la agencia, comienzo a extrañar la música y el canto; y vuelvo a mi primer amor tomando clases de técnica vocal y talleres de jazz vocal, luego creo mi propia clase de danza.

En 2001, tras el traslado de la agencia a Caen, aproveché la oportunidad para inscribirme en el taller de jazz del Conservatorio Regional de Caen, manteniendo amorosamente mi conexión con la música y el canto. Estos ocho años me ofrecieron un espacio privilegiado de expresión y libertad creativa, confirmando mi gusto por la interpretación y la improvisación.

En 2006, la vida me marcó, capa tras capa y de mil maneras: madre de dos hijos, directora artística, estudiante del conservatorio y puesta a prueba por dolorosas experiencias profesionales, me siento extrañamente insatisfecha. Siento que he perdido algo… Mi trabajo ya no tiene sentido. Como sólo estoy creando por encargo, comienzo a cuestionarme seriamente mi supuesta creatividad. ¿Es que aún soy capaz de crear si no hay un pedido? ¿Es que hay algo que me gustaría decir? Soy la esposa de, la madre de, la hija de, la hermana de, la amiga de, la colega de… pero más allá de todos estos roles, ¿quién soy yo realmente? ¿Qué es lo que me impulsa? Una cosa es obvia: he dado a luz a dos niños; pero aún no me he parido a mí misma.

Es entonces el comienzo de un largo período de cuestionamiento y autodescubrimiento, para tratar de encontrar las respuestas. Al mismo tiempo, mi sueño de convertirme en cantante resurge, con la urgencia absoluta de ponerme en movimiento para hacerlo realidad. Mientras mi voz interior trata de hacerse oír, se abre otro camino que me invita a una profunda introspección. En pocas palabras: “más espíritu, menos materia“.

En 2007, me lancé sin pensármelo dos veces en una nueva aventura creativa: escribir y componer música. Cambié entonces los colores y las formas, mis materiales cotidianos, por los acordes y los ritmos, dándome cuenta rápidamente de que los mundos de la música y la imagen comparten un mismo lenguaje. Estructura y composición, notas y tonalidades, colores y matices, volúmenes y espacios, ritmos y respiración, acentos y contrastes, búsqueda de la armonía… Estos han sido siempre los ingredientes de mi creatividad. Un año después, nacen 13 canciones inéditas en dos versiones (acústica y electro), dando cuerpo a un álbum totalmente autoproducido, “Paint the World“, y un librito de 52 páginas que yo diseñé.

Después de ser seleccionada para el festival de jazz de Enghien, en apertura de Madeleine Peyroux y algunos otros conciertos, la aventura llega rápidamente a su fin. Sin embargo, me doy cuenta de la suerte que tengo de haber podido realizar mi sueño de la infancia. Una puerta se cierra… pero acabo de abrir otra. Mientras medito y continúo la intensa exploración de las profundidades de mi matriz para liberarme de creencias limitadoras y recuerdos kármicos y transgeneracionales, el universo me ofrece otro camino, totalmente nuevo, pero sin duda más esencial.

Recuerdo aquel concierto en el Cargo en Caen en 2010. La velada está llegando a su fin; una alegría indecible me cubre por completo, camino a través del salón para encontrarme con el público, besando a unos y saludando a otros. Una mujer desconocida se acerca entonces a mí, confiándome esta cosa asombrosa: “Debo agradecerte. No estoy acostumbrada a salir mucho, pero esta noche he hecho muy bien en venir. Abriste todos mis chacras“. Sorprendida por lo que acabo de oír, sus palabras, sin que yo comprenda el significado, resuenan extrañamente en mí.

Más tarde, Gilles G., clarividente y maestro espiritual, me dice desde nuestro primer encuentro: “Cantar por cantar no te interesa; lo que quieres es curar a los demás“. Una vez más, estas palabras, en ese momento, me parecen incomprensibles. Luego hubo esta otra mujer que, en nuestra primera entrevista, me dio un discurso similar: “No sé nada de ti, pero lo que puedo decirte es que tú curas con la voz“. Y de nuevo, en un taller vocal, una mujer del público me hace este comentario: “Siento que la voz de Erin hace bien a mis células“. Los sutiles mensajes se suceden con extraña consistencia, abriendo gradualmente mi conciencia hacia un nuevo entendimiento.

Pero el tiempo, ese gran alquimista, debe hacer su trabajo. Tengo que pasar por otras etapas -incluyendo mi separación- del despojo y el desapego: purificar, despojar, una y otra vez, para que lo esencial emerja por fin, la Esencia fundamental que vibra en mí.

Es en 2012, cuando termino esta hermosa aventura como cantautora, que descubrí el Reiki y luego el TEI (terapia energética integrada), que a su vez deriva del Reiki. Estas actividades me hacen recuperar las sensaciones perdidas, como recuerdos vagos y lejanos: la energía y el tratamiento no me son extraños. Es entonces que decido ofrecer curas a los que me rodean, pues instintivamente siento la necesidad de hacer sonidos.

Escucha...

Después de años de investigación y experimentación, el sonido se impone finalmente como una poderosa herramienta de transformación y un espacio infinito para la creación. Las dudas se convierten en certitudes: la voz es mi camino.

Mi temperamento de “investigadora del alma“ y mi sensibilidad creativa me llevan a desarrollar progresivamente un enfoque original basado en el sonido, la vibración vocal, la respiración y el agua, a través de sesiones a distancia, talleres, meditaciones guiadas y conciertos de cantos inspirados, con efectos muy positivos para las personas. Sin embargo, estas actividades son poco difundidas. Fue solamente en junio de 2018, al regresar de un viaje a Japón, que la idea de crear Bálsamos Sonoros® destinados a un mayor número de personas se me hizo evidente: la marca TNSO ha nacido.

Los Bálsamos Sonoros® son un nuevo capítulo de esta historia. Una historia que se escribe a cada paso que doy y que nunca deja de susurrar: «Escucha…»

Sumergir  
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